Isabel Schnabel ha defendido la tokenización como herramienta para superar uno de los problemas estructurales más antiguos de la Unión Europea: unos mercados financieros que siguen divididos por líneas nacionales pese a décadas de esfuerzos de integración.

Schnabel sostuvo que la tecnología que sustenta a los activos tokenizados tiene la capacidad de integrar infraestructuras financieras que hoy están divididas por fronteras nacionales. Para un continente cuya unión de mercados de capitales lleva repetidamente estancada por sistemas de liquidación fragmentados, marcos legales divergentes y plataformas de negociación desconectadas entre sí, el argumento tiene un peso evidente. La tokenización, en este planteamiento, no es simplemente una nueva clase de activo ni un instrumento especulativo, sino una pieza de infraestructura que podría permitir que los activos se muevan sin fricciones entre jurisdicciones que hoy operan en gran medida de forma aislada unas de otras.

El atractivo de esa visión es sencillo. Si las representaciones tokenizadas de valores, depósitos u otros instrumentos financieros pueden liquidarse de forma instantánea e interoperable con independencia de dónde esté domiciliado el inversor o el emisor, gran parte de la fricción que ha mantenido a los mercados de capitales europeos menos desarrollados que los de Estados Unidos podría, en teoría, reducirse. Es un argumento que se ha planteado de diversas formas en el sector oficial europeo desde hace tiempo, pero las declaraciones de Schnabel le añaden peso desde dentro del Banco Central Europeo.

Una línea trazada en torno a las stablecoins

Junto a ese respaldo, Schnabel tuvo cuidado de trazar un límite. Advirtió que las stablecoins no sustituyen al dinero del banco central, una distinción que va al corazón de los debates en curso en Europa y en otros lugares sobre el papel que deben desempeñar las monedas digitales privadas en el sistema financiero.

La advertencia llega en un momento en que las stablecoins, la mayoría emitidas fuera de la zona euro y vinculadas al dólar estadounidense, se han convertido en una fuerza significativa en los mercados de criptomonedas y, cada vez más, en los pagos. Los responsables políticos europeos han observado ese crecimiento con cierta inquietud, recelosos de un escenario en el que los tokens emitidos por privados y denominados en moneda extranjera lleguen a desempeñar un papel mayor en las transacciones cotidianas dentro del bloque que el propio euro.

Al subrayar que las stablecoins no pueden reemplazar al dinero del banco central, Schnabel refuerza una posición que ha sustentado gran parte del impulso del propio BCE hacia un euro digital: que el fundamento de la confianza monetaria debe seguir anclado en los pasivos del banco central, incluso a medida que evoluciona la tecnología utilizada para mover y liquidar valor.

En conjunto, ambas posiciones dibujan una postura institucional bastante coherente. La tokenización como infraestructura se acoge con satisfacción, e incluso se fomenta, como medio para coser los mercados fragmentados de Europa. Las stablecoins como forma de creación de dinero al margen del control del banco central reciben un trato mucho más cauteloso. La distinción entre la tecnología y la moneda en la que está denominada parece ser, por ahora, donde el BCE pretende trazar su línea.